Cuando una persona necesita apoyo, no solo importa qué tareas se realizan (como la medicación, la higiene, la movilidad, la gestión del día a día, etc), sino también la manera en que se hacen y la relación que se establece entre quienes participan en el cuidado.
El vínculo entre la persona mayor dependiente, la persona cuidadora y la familia puede convertirse en un espacio de confianza, seguridad y respeto o, por el contrario, en un foco de tensiones y desgaste emocional. Diversas investigaciones[1] han mostrado que cuando hay buena comunicación, apoyo mutuo y claridad en los roles, aumenta la satisfacción de todas las personas implicadas en este triángulo relacional y disminuye el riesgo de burnout.
Por esta razón, es clave que las decisiones se tomen de manera colaborativa, de modo que la persona dependiente se sienta respetada, escuchada y que participe activamente en cada decisión.
Consejos para una buena relación de cuidados
Es vital tener en cuenta estas cinco recomendaciones:
1. Comunicarse de manera clara y respetuosa
No conviene esperar a que surja una crisis para poder iniciar una conversación. Es mejor establecer unas rutinas periódicas para comentar dudas o resolver problemas, siempre con un tono empático. En lugar de soltar un reproche como “es que nunca avisas”, puede ayudar más preguntar “¿quieres que la próxima vez lo pensemos juntas?” o “¿cómo prefieres hacerlo?”. Y si, aun así, surge un conflicto, lo mejor es afrontarlo cuanto antes y, si hace falta, pedir apoyo a una persona de confianza que pueda escuchar a ambas partes sin ponerse de un lado ni de otro.
2. Definir bien los roles desde el principio
Desde el inicio resulta clave aclarar quién asume cada responsabilidad: tareas domésticas, gestiones médicas, apoyo emocional, horarios, entre otras. Con el tiempo, es normal que esas decisiones haya que ajustarlas, porque las circunstancias cambian y lo que antes funcionaba puede dejar de hacerlo. Además, conviene no olvidar algo importante: cuidar no significa cargar con todo en soledad; repartir las tareas hace que el día a día sea más llevadero para todas las personas implicadas.
3. Confiar y reconocer el trabajo
Por un lado, la persona dependiente necesita saber qué va a hacer, en qué momento y por qué. Por otro lado, la persona que cuida también necesita sentir que no está sola, saber que su esfuerzo es valorado por la familia y no percibir que solo se le señalan los errores o lo que podría haberse hecho de otra manera.
4. Tener empatía y aprender en el proceso
El cuidado se fortalece cuando existe un esfuerzo por comprender la situación de cada parte implicada, es decir, ponernos en el lugar de la otra persona. La empatía facilita que tanto la persona dependiente como la persona cuidadora y la familia se sientan escuchada y en sintonía.
5. Pedir apoyo externo
La formación en técnicas de cuidado (movilización, comunicación no verbal, primeros auxilios) reduce inseguridades y errores. Asimismo, las redes de apoyo -asociaciones, servicios sociales o grupos de cuidadores profesionales- ofrecen tanto apoyo emocional como soluciones prácticas.
Qué pueden hacer los distintos actores
Cada persona implicada en el proceso de cuidados puede contribuir de una manera específica. Veámoslo:
- La persona dependiente: expresar lo que le incomoda o le gustaría cambiar, establecer acuerdos con la persona cuidadora en relación con sus preferencias, flexibilidad de horarios o proponer momentos de diálogo.
- La persona cuidadora: solicitar retroalimentación periódica (“¿cómo lo ves?” “¿qué cambiarías?”), llevar un registro de incidencias para comentarlas o buscar formación especializada, ya sea online o presencial.
- Los familiares: reconocer al cuidador como parte del equipo humano, no como mano de obra; colaborar en lo posible (gestiones administrativas, relevos, permisos, apoyo en necesidades), mediar en situaciones de tensión u ofrecer acompañamiento emocional.
Asimismo, todas estas acciones cobran mayor sentido si se miran desde el enfoque del Modelo de Atención Integral y Centrada en la Persona (AICP), que propone entender los cuidados como una construcción compartida y flexible, donde cada persona implicada mantiene su voz y sus derechos en el proceso.
Obstáculos frecuentes y cómo afrontarlos
Existen algunos desafíos comunes que conviene abordar:
- Sobrecarga de la persona cuidadora: organizar descansos programados, delegar tareas y responsabilidades o tener tiempos de respiro.
- Resistencia al cambio: a veces, las personas mayores se muestran reticentes ante nuevas ayudas o frente a quienes vienen a prestarlas. No siempre es desconfianza: muchas veces es miedo a perder autonomía o a convertirse en una carga. En esos casos, ayuda mucho ir poco a poco, explicar bien las razones y respetar su ritmo.
- Desconfianza o miedos previos: también puede pasar que haya dudas sobre lo que se hace o cómo se hace. Por eso conviene hablar con claridad desde el principio, explicar qué se espera de cada parte y, si hace falta, dejarlo por escrito para dar tranquilidad al resto.
- Falta de reconocimiento: celebrar pequeños logros y expresar agradecimiento mediante gestos concretos contribuye a reforzar el vínculo.
Un ejemplo práctico
Elena, de 80 años y con movilidad reducida, cuenta con el apoyo de su hija Ana, quien coordina los cuidados, y de Berta, una cuidadora profesional contratada. Al principio, los roles no estaban claros: Berta asumía tareas que Ana consideraba suyas y Ana daba instrucciones sin consultar a Berta y, en consecuencia, Elena se sentía limitada.
Con el tiempo las tres definieron un acuerdo de cuidado:
- Berta se ocupa del aseo, la alimentación y los ejercicios pautados.
- Ana gestiona las citas médicas, realiza las compras y acompaña en algunas visitas.
- Elena expresa sus preferencias: “me gusta ducharme por la mañana”, “prefiero pasear por la tarde” o “quiero ir el sábado al cine a ver esta película”.
Además, todos los viernes se reúnen las tres por la tarde, durante la hora del café para resolver dudas, ajustar horarios y actualizar información. Berta mantiene un registro diario que comparte con Ana. Por otro lado, Ana encuentra apoyo en una asociación local donde comparte experiencias con otros familiares. Este sistema redujo las tensiones: Elena se siente respetada, Berta se siente reconocida y respaldada y Ana puede intervenir con mayor seguridad.
Por último, es importante aclarar que fortalecer la relación entre cuidadores profesionales, la persona dependiente y sus familiares no significa alcanzar una situación perfecta o libre de conflictos. Siempre aparecerán. Pero sí implica construir un espacio común de diálogo, confianza y corresponsabilidad, donde las personas se sitúen en el centro del sistema de cuidados.
[1] Influencia de las redes de apoyo sociofamiliares en el cuidado de las personas mayores dependientes: un estudio cualitativo de La Revista Española de Salud Pública: https://ojs.sanidad.gob.es/index.php/resp/article/view/176/301
Estudio comparativo de burnout en cuidadores profesionales de personas mayores institucionalizadas con demencias y otras enfermedades. Inmaculada Méndez, Esther Secanilla, Juan P. Martínez y Josefa Navarro Universidad de Murcia (España): https://portalrecerca.uab.cat/es/publications/estudio-comparativo-de-burnout-en-cuidadores-profesionales-de-per-2