“Queremos seguir viviendo en casa”. Cuenta Mateo con una sonrisa y con la convicción de que su hogar es el lugar más adecuado, “pero sé que necesitamos ayuda” añade. A su lado, está Juliana, su compañera de vida, y quien padece desde hace un tiempo, demencia senil.
Ambos llevan más de medio siglo compartiendo recuerdos, pero también el desgaste de la edad. Hasta hace poco eran personas independientes, hasta que Juliana se cayó. A partir de ahí, las tareas más simples —levantarse, ducharse, cocinar, vestirse, acudir al médico o hacer la compra— se volvieron imposibles de gestionar solas y sin apoyos.
La carga invisible del cuidado
Marisa, una de sus dos hijas, recuerda perfectamente ese momento: “De un día para otro tuvimos que buscar a alguien que pudiese ayudarnos. Nuestra vida cambió de repente, sin previo aviso”. Ella y su hermana se volcaron con sus padres, pero pronto comprendieron que no podían llegar a todo: trabajo, pareja, responsabilidades propias y la atención constante que sus padres las necesitaban.
Como tantas otras familias, se enfrentaron a una encrucijada que tenían que resolver de manera urgente: renunciar a su propia vida para dedicarse al cuidado o llevar a sus padres a una residencia. Pero, ninguna de las dos opciones les parecía la acertada. “Para nosotras lo más importante era que siguieran en su casa, no solo porque así lo deseaban, sino porque este es su entorno. Sacarlos de aquí habría sido muy doloroso.”, explica Marisa.
El valor de poder elegir
La experiencia de esta familia refleja lo que viven miles de hogares en España: personas mayores dependientes que quieren seguir viviendo en casa, pero que no siempre cuentan con apoyos económicos para hacerlo posible. Y entonces, pensaron una tercera opción: que siguieran viviendo en casa con apoyos gracias al trabajo de una persona cuidadora profesional que se adaptara a los dos.
Marisa lo resume con claridad: “el saber que hay alguien ahí detrás que te puede ayudar, te da la vida. No te das cuenta hasta que te pasa. El día que llega y necesitas que alguien te coja de la mano y sientas que no estás sola”.
Una red que da tranquilidad
Para Juliana y Mateo, contar con apoyo profesional significa poder seguir con sus rutinas: desayunar juntos, pasear por la mañana por el barrio, leer el periódico, ver la novela de la tarde, salir a la terraza a conversar, o incluso hacer pulseras y pendientes para las vecinas (una nueva afición de Mateo para mantenerse activo y trabajar su motricidad). Asimismo, para sus hijas y el resto de la familia, significa poder dormir tranquilas sabiendo que están atendidos con cariño, de manera profesional y respeto.
La clave no es solo cubrir las necesidades básicas diarias, sino hacerlo con humanidad. Como dice Marisa, “no se trata de tener a alguien que limpie o cocine, sino de personas que cuiden como una hija o hijo, pero con la formación adecuada para prevenir y detectar cualquier problema de salud”.
Un problema compartido con una respuesta colectiva
La historia de esta familia no es excepcional: es la de miles de personas mayores que quieren seguir envejeciendo en su casa y de miles de hijas e hijos que no encuentran cómo conciliar el amor con la responsabilidad, el cuidado con la vida propia.
Por eso, la experiencia de Juliana, Mateo y Marisa nos invita a repensar el modelo de cuidados, poniendo en el centro a las personas mayores y ofreciendo una respuesta urgente a este reto social desde lo colectivo. Se trata, en definitiva, de construir iniciativas que conecten, acompañen y garanticen seguridad y dignidad en esta etapa de la vida, incluso cuando la situación se hace más difícil.